martes, 20 de enero de 2015

De ruta por el altiplano boliviano (III). Ultima parte.


El tercer y último día de ruta por el altiplano boliviano, nos despertamos de madrugada para poder ver amanecer desde el mismísimo Salar de Uyuni.
Dormimos mucho mejor en esta ocasión al permanecer en Puerto Chuvica, a menor altitud que los días anteriores. (Aun así estábamos a 3650 msn, que no es poco).
Pero fue curioso eso de dormir en un hotel hecho completamente de sal.

A las 5:30 de la mañana ya estábamos saliendo hacia el salar para ver salir el sol en ese sorprendente escenario.
Y en menos de media hora conduciendo entre la sal, nos detuvimos en medio de la nada para poder apreciar tan fantástico momento.
No os podéis imaginar lo que es estar en un lugar tan sumamente grande sin nada alrededor.
Algo indescriptible.


Esperando ver salir el sol.

Momentos espectaculares los que da este salar.

Hacia la isla de Incahuasi.


Tras un buen rato allí, en medio de la nada, tan sólo rodeados de sal, (durísima por cierto) y viendo muy de vez en cuando algún 4x4 pasando a lo lejos, nos encaminamos hacia la isla de Incahuasi, una particular isla en medio del inmenso salar y repleta de enormes cactus centenarios. (Algunos con hasta más de 900 años de anitiguedad!. Y hasta 10 metros de altura! ...).
Allí hicimos una parada de unas 2 horas, para poder disfrutar de tan hermoso lugar y poderlo ver con tranquilidad.
Hicimos un pequeño trekking por entre la isla para poder llegar hasta su parte más elevada y poder apreciar el entorno donde nos encontrábamos. Una isla rodeada de una enorme superficie blanca con unas 5 lineas negras que son en realidad los caminos dibujados por los neumáticos por donde circulan los poquísimos vehículos que cruzan el salar.
(No me dí cuenta hasta ahí de lo difícil que debe ser conducir por tal lugar sin una mínima referencia hacia dónde dirigirte o un camino al que seguir, porque allí todo parece igual... Sal por los cuatro costados.




Aspecto de la isla nada más llegar.

Mapa de ubicación de la isla en el centro del salar.

Cientos de cactus centenarios presidiendo la isla.

Un paraje espectacular.

Todos los caminos conducen.... a la isla.


Tras recorrernos la isla de lado a lado y visitar el pobre museo que allí se encuentra (siempre diré lo bien que llevan los anglosajones este tipo de cosas y que tan mal lo hacemos los latinos....¿Pero no se dan cuenta que hay mucha historia allí como para exponerla mucho mejor??), todavía nos quedaba algo de tiempo para hacer fotos chorra en la enorme explanada blanca.







Pasadas 2 horas en la isla, tuvimos otras 2 paradas más antes de adentrarnos en "tierra".
Otro buen rato de disfrute infantil a medio camino entre la isla y "la costa" y otra parada en un hotel de sal en medio, como no, de la nada... Un buen puñado de banderas de multitud de países nos daban la bienvenida al Hotel. Y dentro, otro "pequeño gran museo" repleto de enormes estatuas de sal. (Como veréis aquí todo esta hecho con sal... original, no?). Bueno, y de litio... pero eso no se ve porque se la llevan los japoneses y chinos que tienen negocios allí....
Fuera, no muy lejos de allí, un grupo de 5 personas se encargaba de hacer montocitos de sal a base de pico y pala. Tapados casi por entero, pero con la piel prácticamente negra, quemada, en las partes no cubiertas por la ropa. (Yo me preguntaba... ¿Cuánto puede ganar esa gente trabajando horas y horas allí?).


Banderas en la llegada al Hotel de sal.

Interior del hotel. Todo hecho de sal.

Esta es la poca actividad que se ve por aquí.

Un hombre haciendo grandes montones de sal.

Una vez que llegamos a la "costa" tras casi 80 km (!) cruzando el salar (se dice pronto...) llegamos a "tierra", donde un buen puñado de tenderetes repletos de souvenirs nos esperaban mostrando y desplegando sus mejores mercancías.
Mi curiosidad hizo perderme por los alrededores, descubriendo una antiquísima camioneta de los años 40, abandonada y destartalada, haciéndome perder todo el valioso tiempo que tenía para comprar tan exuberante material.... (...afortunadamente...).

De allí pasaríamos a otro gran escenario. El famoso cementerio de trenes. Pero para llegar hasta allá, deberíamos cruzar un pueblo, que poco me faltó llorar al verlo, por la cantidad de plástico que había en sus alrededores.
Pocos sitios me han causado tanto impacto como aquel pueblo, donde el plástico se puede ver volando o posado en cada centímetro de tierra. Incluyendo obviamente los pocos campos de cultivo que aun quedan trabajando...
El plástico está tan deshecho y desmenuzado, que sería prácticamente imposible poder recogerlo en su totalidad. Es decir, que nos lo estamos comiendo vamos....
Es increible hasta dónde podemos llegar y la poca conciencia que todavía tenemos sobre ciertos temas...

Tras lamentable episodio, llegamos por fin al esperado cementerio de trenes.
Supongo que para mucha gente le parecerá una estupidez, pero para mí, ver toda esa maquinaria que tanto servicio dio en su día, hoy abandonada en medio del desierto, me produce una sensación extraña. Es más, varias sensaciones a la vez que no sabría describir.
Tenía que pasar por aquel lugar para vivirlo y admirarlo.







Ya sólo nos quedaban unos pocos kms por pistas de arena, hasta llegar a nuestro destino, Uyuni.
Fue aquí hacia el final del viaje donde nuestro callado guía, empezó a explayarse, contándome anécdotas de la zona y sus habitantes y las precariedades en las que viven y trabajan los bolivianos, oprimidos en muchas ocasiones por sus países vecinos. (Bueno, sin hablar de toda la opresión que llevan sufriendo desde hace siglos...).

Y por fín llegamos a Uyuni!.
En pleno día de mercado callejero, abarrotado de diferentes puestos ambulantes y cholitas haciendo las compras.
Fue un pequeño shock ver todo ese barullo de gente, coches y puestos ambulantes, después de 3 días perdidos en medio de la nada con la sola compañía de flamencos, vicuñas y algún 4x4 haciendo el mismo trayecto.

Nos bajamos del todo-terreno y tras comer un buen menú casero en uno de los restaurantes donde aun quedaba alguna mesa donde sentarnos, todavía no sabíamos ni qué hacer; Si quedarnos en aquel lugar o continuar ruta hacia Potosí.
Tan sólo necesitábamos llegar hasta la calle desde donde salían los buses (ardua tarea para cruzar ese mercado callejero) para saber qué opciones teníamos y comprar los billetes para empalmar un viaje con otro (a estas alturas uno ya está acostumbrado hacer kms y kms).

Finalmente nos dio tiempo de coger una micro, un tanto destartalada, para poder hacer noche en la ciudad más alta del mundo, Potosí. Sólo estábamos a 180 km de distancia... pero tardamos 4 horas en hacerlos. Cruzando literalmente las montañas, con miedo entre la conducción y el estado de la carretera, en un vehículo que poco le faltaba para quedarse a medio camino.
Bueno, y a medio camino paramos para hacer una parada y bajar a mear... pero a mear en el descampado... tanto ellos como ellas! sin ninguna luz más que la del móvil para poder ver mínimamente algo del lugar donde nos encontrábamos. Y con mucho cuidado de no demorarnos demasiado y que se fuese el autobús sin nosotros! (cosa nada difícil por estos lares...).

Os podéis imaginar cómo llegamos a la ciudad. Agotados tanto física (Volvíamos a estar a mucha altitud, 4070 msnm), como mentalmente (exhaustos de planear cada parte del viaje...  Y aun quedaba coger un taxi y llegar hasta el hostal que habíamos reservado en un "ciber" una hora antes de salir de Uyuni.
Eran las 9 de la noche y había tanta gente esperando taxis que no había forma de coger uno (ademas que no teníamos ni idea a qué teníamos que parar! porque todos los coches nos parecían iguales.
Para encima llegar al hotel y ver que la habitación que habíamos reservado en nada se le parecía a la que nos dieron...

Una auténtica experiencia la que vivimos en esos tres días entre Chile y Bolivia, sin parar apenas un momento.
Aun así, lo volvería hacer mañana mismo...


Más fotos de la jornada:










Fotos: Julen Esnal