martes, 14 de mayo de 2013

Jordania. El desierto de Wadi Rum.



Desde Petra, nos separaban pocos kms hasta el gran desierto de Wadi Rum, por lo que hablamos con Ibrahim, el dueño del hotel, para que nos reservase una noche en un campamento beduino.
Por unos 60 € cada uno tendríamos un guía esperándonos a la llegada. Con su jeep, nos llevaría a conocer los lugares mas importantes del desierto que hizo famoso a Lawrence de Arabia, el mismo que empezó la revolución árabe contra los turcos haciendo del desierto su base de operaciones.

A la mañana siguiente cogimos un bus que nos llevaría hasta el mismo poblado de Wadi Rum. Aun con las indicaciones de Ibrahim, era difícil saber con certeza donde acabaríamos por la poca información y el poco conocimiento del ingles de algunos.

Tal y como nos dijeron, ahí estaba "Suliman" (hermano de la persona que realmente lleva el campamento en el propio desierto) y su jeep de mas de 33 años. (Objeto de burla para muchos guías, pero que para nosotros le daba un encanto especial.)

Suliman y su jeep.

Lo primero que hizo fue llevarnos a su casa e invitarnos a un te con su familia.
Pasamos un gran rato disfrutando de ese dulce te, hablando con él y con la mujer de su hermano, (que tan solo se dejaba ver sus ojos tras el burka), y 3 de sus hijos.

Es aquí donde nos enteramos que todos los beduinos que vivían en esta villa (al rededor de unos mil) provenían todos de la misma familia desde que sus tatarabuelos se trasladaron aquí hacia mas de 300 años; La tribu de los Zalabia.

Con este primer contacto, ya estábamos preparados para adentrarnos de lleno en el desierto.
Como 4 o 5 paradas hicimos en los lugares mas emblemáticos, antes de hacer un pic-nic al mas estilo beduino.
A la sombra de una gigantesca plana pared de montaña, resguardandonos del sol y del viento, estiramos la alfombra para disfrutar de otro te, conversación y algo para picar, junto con otro jeep con otro guía beduino y 3 turistas italianos.

Sabri con el unico arbol de la montaña.


Sabri en un cañon de una montaña.

Suliman y yo, saltando en las enormes dunas.

Después de una merecida siesta, (visita de cabras del desierto incorporada junto con su pastora) y de una divertida sesión de saltos y volteretas en una duna, con una increíble arena fina roja, era hora de conocer nuestro campamento y esperar a ver la impresionante puesta de sol desde lo alto de unas rocas.

Sabri en el campamento.

La noche en el campamento fue espectacular. Primero por la sabrosisima cena. Y segundo y a continuación, por la charla al rededor de un buen fuego y una sisha, seguido de un buen vistazo a las millones de estrellas que se observan desde allí, era el perfecto final para un día conociendo mas de cerca a los beduinos.

A la mañana siguiente, con unos 27 grados a las 8 de la mañana y después de un desayuno de pan de pita, queso, mortadela, "halaba", (una especie de "masa" hecha a base de sésamo, pistachos y algún otro ingrediente) y por supuesto te, estábamos listos para volver al mundo real.
Directos hacia Aqaba, nuestra siguiente parada.





Fotos: Julen Esnal