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domingo, 12 de abril de 2015

Potosí (Bolivia) y su triste historia minera.



Nuestro primer hostal en la ciudad de Potosí, no fue ni mucho menos uno de nuestros mejores hospedajes. Es mas, hasta los básicos hospedajes del altiplano boliviano, eran mejores que lo que tuvimos esa noche nada mas llegar.
Pero no tardamos en salir de ese antro y cambiarnos a un mejor hostal a tan solo una cuadra de donde nos encontrábamos; El hostal Carlos V.

Lo malo que, fue cambiarnos de hostal y empezar a sentirme más y más débil.
Dolor de cabeza, estómago revuelto, falta de oxigeno, corazón latiendo mas rápido, cansancio general... aparentemente los típicos síntomas del mal de altura. Aunque tampoco era de extrañar que fuera el cansancio acumulado. Por lo que tuve que pasar en cama 2 días apenas sin poder moverme.

Afortunadamente, al tercer día ya empezaba a mejorar y pudimos empezar a explorar la ciudad, (muy contaminada por cierto y con mucha basura) aunque muy lentamente, debido a la altura en la que nos encontrábamos, ya que Potosí, se encuentra a mas de 4000 msnm. Dicen, la ciudad mas alta del mundo. Por ello, todo lo que se haga, debe ser lento y tranquilo, porque hasta subir una cuesta o unos cuantos escalones, hace que se haga el triple de costoso.


Coches, buses y camiones esparciendo CO2 por todas partes.

Mucha basura, especialmente fuera del centro.


No pretendíamos quedarnos muchos días en esta ciudad, pero no nos podíamos ir de Potosí, sin visitar sus dos mas importantes y famosos lugares, La casa de la Moneda, y las minas del Cerro Rico.
Pudimos visitar la Casa de la Moneda al día siguiente. Por tan solo 40 bolivianos, un guía nos hizo un recorrido por todo el edificio, explicándonos con absoluto detalle toda la historia de Potosí, especialmente tras el paso de los españoles, y mas concretamente sobre el edificio y sus funciones. Impactante historia la que envuelve a este edificio.

La visita a las minas la tuvimos que dejar para dos días después, ya que nos cogieron días festivos de por medio. Por lo que uno de los días lo aprovechamos para ir caminando y conocer uno de sus miradores.


De camino hacia el mirador.

Buenas vistas, aunque sin poder subir al edificio.



Cuando pudimos hacer la visita a las minas, dio la casualidad que empezaron un par de días de protestas en la ciudad, algo así como una huelga general, (muy normales por aquí, según nos avisaron antes de entrar en el país), que hizo que cortaran calles con piquetes y barricadas. Algo que nos condicionó nuestro paso por la mina y nuestra salida de la cuidad al día siguiente.



Escombros que se aprovechan como barricadas.


Una vez que estábamos el grupo entero en la furgoneta (unas 12 personas seriamos), la primera parada antes de subir al Cerro, fue en el mercado minero. Una calle con multitud de pequeños establecimientos donde venden todo tipo de material para trabajar en la mina. Y cuando digo todo tipo de material, me refiero incluso a dinamita, pudiéndola comprar niños inclusive, sin ningún problema. (Precio 2€).
Tal y como nos comentó nuestro guía, ésta sería sobretodo una visita social, además de turística, donde veríamos trabajar a los mineros, pudiendo hacer fotos, pero a la vez, llevándoles algo que puedan necesitar allí arriba, como bolsas de hojas de coca, refrescos o incluso explosivos y detonadores. No es nada caro prepararles una bolsa como presente con el material que necesitan diariamente, ya que son ellos mismos los que deben costeárselo.
Tras esta primera parada, fuimos directos al almacén, donde nos proporcionaron los uniformes para entrar en la mina. Botas catiuscas, pantalones y cazadora impermeable, casco y linterna. Ahora sí estábamos listos para ir al Cerro.


Coca y cigarros (izq) y dinamita y detonadores (dcha).


Al no poder acceder a la mina prevista por los numerosos cortes de carretera, tuvimos que desviarnos y entrar por otro lado al Cerro Rico. De casualidad la cooperativa que llevaba aquella mina, estaba de celebración anual, por lo que si queríamos ver a mineros trabajando, tendría que ser en otra, no habituada a turistas. Todos decidimos continuar de igual manera sabiendo los riesgos que eso podría acarrear.
El guía nos avisó que sería una mina muy "rápida", en el sentido que las vagonetas que salen y entran van muy rápidas y por tanto muy peligrosas, ya que no están acostumbrados a recibir turistas, por lo que deberíamos permanecer callados y el grupo unido en todo momento, obedeciendo las indicaciones del guía a rajatabla.

Sólo ver la entrada a "La Negra" (así se llamaba la mina), impactaba.
Aprovechamos a entrar a la misma tras una vagoneta, la cual nos iría abriendo paso en el angosto túnel.
Acordándome de mi paso por los túneles de Cu Chi en Vietnam, esta vez decidí permanecer el último para llevar mi claustrofobia de una mejor manera. No quería verme de nuevo, estancado en medio de una fila de turistas.
Pero si ya de por sí, la altura donde se encuentra el cerro hace que nos faltara oxigeno, imaginaros en medio de ese oscuro y reducido túnel.
De nuevo caí en la trampa y mi cuerpo empezaba a jugarme una mala pasada. A falta de oxigeno, intentaba respirar de una manera más fuerte, lo que hizo que empezara a hiperventilar temiendo desmallarme en cualquier momento. Pero tras 300 metros, por fin llegamos a un lugar algo más espaciado, donde el techo eran algo mas alto, y podíamos dejar espacio para que pudieran pasar las vagonetas.


Ésta era la reducida entrada a La Negra.



Hasta aquí había llegado mi ruta por las minas. Me daba la vuelta junto con algunos más del grupo. Pero nuestro guía nos tranquilizó, diciéndonos que esa había sido la peor parte, y que los siguientes 300 metros serian mas espaciosos. Sin dejar de masticar coca, me armé de valor y continué con el resto del grupo, dejando a tan sólo al más alto del grupo sentado en aquel lugar intentando recuperarse. (Aparentemente los más altos son los que peor lo pasan por tener que agacharse más).

De nuevo en el angosto túnel me cagaba en el guía, ya que el camino no había variado mucho de tamaño; Aunque sí es cierto que tras 100 metros, el túnel se hizo algo más alto, que no mas ancho. Aun así la sensación de claustrofobia iba desapareciendo.
Mi objetivo era llegar a "El tío", el Dios de la mina, (el cual se encontraba a unos cuantos metros más adelante, en el siguiente "refugio"). El Dios al que todos adoran al terminar su jornada, ofreciéndole alcohol (de 96 grados que no pude ni probar), cigarros y hojas de coca en plan ritual.
Y lo conseguí. Hasta allí pude llegar superando algo más mi trauma; Viendo por fin al "Tío" (una estatua a tamaño humano de un reconocible diablo), recubierto de presentes.
(No tenemos ninguna foto dentro de la mina aunque éstas pueden ayudar algo a conocer algo más del inteiror).

Y no sólo eso. Hasta pude adentrarme unos cuantos metros mas, desviándonos del túnel principal, para ver junto con el resto del grupo, otra sección donde se encontraba un hombre (con una inmensa bola de coca en la boca), trabajando con un motor, junto a un pequeño agujero en el suelo. 
Allí debíamos permanecer aun más en silencio, ya que el resto de sus compañeros, permanecía a 80 metros bajo tierra (!), y era él, quien debía proporcionarles todo lo que necesitaban con ese pequeña grúa. (Y suerte que tenían éstos mineros, ya que los que no tienen dinero para tener grúa, deben bajar y subir por cuerda o a pulso!).

Hasta 800 metros en total, nos acabamos adentrando en el interior de la mina, para conocer una ínfima parte del espantoso trabajo que deben desarrollar esta gente en este inmenso queso Gruyere en el que se ha convertido esta montaña de Cerro Rico.
Mal pagados, en condiciones insalubres, y sabiendo que sus probabilidades de vida no asciende a mas de 10/15 años tras entrar a trabajar a la mina. 
Que si trabajan niños? Sí. Desgraciadamente siguen trabajando unos 100 niños a partir de los 12 años. (Y antes era aun peor, con muchos mas niños y de hasta 8 años de edad).


Terminado el recorrido pudimos hablar con uno de los mineros.


Todavía no entiendo, cómo en medio mundo podemos pagar precios astronómicos por ciertos minerales (Oro, plata, etc.), que los mineros sacan por una media de 100 bolivianos al día (10$), arriesgando su vida en cada momento.

A mi parecer, es algo obligado de ver si se pasa por esta agradable y apacible ciudad de Potosí.

Más fotos de nuestra estancia en Potosí:


















Aquí os dejo un impactante documental de TVE2 sobre las minas de Cerro Rico.

Fotos: Julen Esnal


martes, 20 de enero de 2015

De ruta por el altiplano boliviano (III). Ultima parte.


El tercer y último día de ruta por el altiplano boliviano, nos despertamos de madrugada para poder ver amanecer desde el mismísimo Salar de Uyuni.
Dormimos mucho mejor en esta ocasión al permanecer en Puerto Chuvica, a menor altitud que los días anteriores. (Aun así estábamos a 3650 msn, que no es poco).
Pero fue curioso eso de dormir en un hotel hecho completamente de sal.

A las 5:30 de la mañana ya estábamos saliendo hacia el salar para ver salir el sol en ese sorprendente escenario.
Y en menos de media hora conduciendo entre la sal, nos detuvimos en medio de la nada para poder apreciar tan fantástico momento.
No os podéis imaginar lo que es estar en un lugar tan sumamente grande sin nada alrededor.
Algo indescriptible.


Esperando ver salir el sol.

Momentos espectaculares los que da este salar.

Hacia la isla de Incahuasi.


Tras un buen rato allí, en medio de la nada, tan sólo rodeados de sal, (durísima por cierto) y viendo muy de vez en cuando algún 4x4 pasando a lo lejos, nos encaminamos hacia la isla de Incahuasi, una particular isla en medio del inmenso salar y repleta de enormes cactus centenarios. (Algunos con hasta más de 900 años de anitiguedad!. Y hasta 10 metros de altura! ...).
Allí hicimos una parada de unas 2 horas, para poder disfrutar de tan hermoso lugar y poderlo ver con tranquilidad.
Hicimos un pequeño trekking por entre la isla para poder llegar hasta su parte más elevada y poder apreciar el entorno donde nos encontrábamos. Una isla rodeada de una enorme superficie blanca con unas 5 lineas negras que son en realidad los caminos dibujados por los neumáticos por donde circulan los poquísimos vehículos que cruzan el salar.
(No me dí cuenta hasta ahí de lo difícil que debe ser conducir por tal lugar sin una mínima referencia hacia dónde dirigirte o un camino al que seguir, porque allí todo parece igual... Sal por los cuatro costados.




Aspecto de la isla nada más llegar.

Mapa de ubicación de la isla en el centro del salar.

Cientos de cactus centenarios presidiendo la isla.

Un paraje espectacular.

Todos los caminos conducen.... a la isla.


Tras recorrernos la isla de lado a lado y visitar el pobre museo que allí se encuentra (siempre diré lo bien que llevan los anglosajones este tipo de cosas y que tan mal lo hacemos los latinos....¿Pero no se dan cuenta que hay mucha historia allí como para exponerla mucho mejor??), todavía nos quedaba algo de tiempo para hacer fotos chorra en la enorme explanada blanca.







Pasadas 2 horas en la isla, tuvimos otras 2 paradas más antes de adentrarnos en "tierra".
Otro buen rato de disfrute infantil a medio camino entre la isla y "la costa" y otra parada en un hotel de sal en medio, como no, de la nada... Un buen puñado de banderas de multitud de países nos daban la bienvenida al Hotel. Y dentro, otro "pequeño gran museo" repleto de enormes estatuas de sal. (Como veréis aquí todo esta hecho con sal... original, no?). Bueno, y de litio... pero eso no se ve porque se la llevan los japoneses y chinos que tienen negocios allí....
Fuera, no muy lejos de allí, un grupo de 5 personas se encargaba de hacer montocitos de sal a base de pico y pala. Tapados casi por entero, pero con la piel prácticamente negra, quemada, en las partes no cubiertas por la ropa. (Yo me preguntaba... ¿Cuánto puede ganar esa gente trabajando horas y horas allí?).


Banderas en la llegada al Hotel de sal.

Interior del hotel. Todo hecho de sal.

Esta es la poca actividad que se ve por aquí.

Un hombre haciendo grandes montones de sal.

Una vez que llegamos a la "costa" tras casi 80 km (!) cruzando el salar (se dice pronto...) llegamos a "tierra", donde un buen puñado de tenderetes repletos de souvenirs nos esperaban mostrando y desplegando sus mejores mercancías.
Mi curiosidad hizo perderme por los alrededores, descubriendo una antiquísima camioneta de los años 40, abandonada y destartalada, haciéndome perder todo el valioso tiempo que tenía para comprar tan exuberante material.... (...afortunadamente...).

De allí pasaríamos a otro gran escenario. El famoso cementerio de trenes. Pero para llegar hasta allá, deberíamos cruzar un pueblo, que poco me faltó llorar al verlo, por la cantidad de plástico que había en sus alrededores.
Pocos sitios me han causado tanto impacto como aquel pueblo, donde el plástico se puede ver volando o posado en cada centímetro de tierra. Incluyendo obviamente los pocos campos de cultivo que aun quedan trabajando...
El plástico está tan deshecho y desmenuzado, que sería prácticamente imposible poder recogerlo en su totalidad. Es decir, que nos lo estamos comiendo vamos....
Es increible hasta dónde podemos llegar y la poca conciencia que todavía tenemos sobre ciertos temas...

Tras lamentable episodio, llegamos por fin al esperado cementerio de trenes.
Supongo que para mucha gente le parecerá una estupidez, pero para mí, ver toda esa maquinaria que tanto servicio dio en su día, hoy abandonada en medio del desierto, me produce una sensación extraña. Es más, varias sensaciones a la vez que no sabría describir.
Tenía que pasar por aquel lugar para vivirlo y admirarlo.







Ya sólo nos quedaban unos pocos kms por pistas de arena, hasta llegar a nuestro destino, Uyuni.
Fue aquí hacia el final del viaje donde nuestro callado guía, empezó a explayarse, contándome anécdotas de la zona y sus habitantes y las precariedades en las que viven y trabajan los bolivianos, oprimidos en muchas ocasiones por sus países vecinos. (Bueno, sin hablar de toda la opresión que llevan sufriendo desde hace siglos...).

Y por fín llegamos a Uyuni!.
En pleno día de mercado callejero, abarrotado de diferentes puestos ambulantes y cholitas haciendo las compras.
Fue un pequeño shock ver todo ese barullo de gente, coches y puestos ambulantes, después de 3 días perdidos en medio de la nada con la sola compañía de flamencos, vicuñas y algún 4x4 haciendo el mismo trayecto.

Nos bajamos del todo-terreno y tras comer un buen menú casero en uno de los restaurantes donde aun quedaba alguna mesa donde sentarnos, todavía no sabíamos ni qué hacer; Si quedarnos en aquel lugar o continuar ruta hacia Potosí.
Tan sólo necesitábamos llegar hasta la calle desde donde salían los buses (ardua tarea para cruzar ese mercado callejero) para saber qué opciones teníamos y comprar los billetes para empalmar un viaje con otro (a estas alturas uno ya está acostumbrado hacer kms y kms).

Finalmente nos dio tiempo de coger una micro, un tanto destartalada, para poder hacer noche en la ciudad más alta del mundo, Potosí. Sólo estábamos a 180 km de distancia... pero tardamos 4 horas en hacerlos. Cruzando literalmente las montañas, con miedo entre la conducción y el estado de la carretera, en un vehículo que poco le faltaba para quedarse a medio camino.
Bueno, y a medio camino paramos para hacer una parada y bajar a mear... pero a mear en el descampado... tanto ellos como ellas! sin ninguna luz más que la del móvil para poder ver mínimamente algo del lugar donde nos encontrábamos. Y con mucho cuidado de no demorarnos demasiado y que se fuese el autobús sin nosotros! (cosa nada difícil por estos lares...).

Os podéis imaginar cómo llegamos a la ciudad. Agotados tanto física (Volvíamos a estar a mucha altitud, 4070 msnm), como mentalmente (exhaustos de planear cada parte del viaje...  Y aun quedaba coger un taxi y llegar hasta el hostal que habíamos reservado en un "ciber" una hora antes de salir de Uyuni.
Eran las 9 de la noche y había tanta gente esperando taxis que no había forma de coger uno (ademas que no teníamos ni idea a qué teníamos que parar! porque todos los coches nos parecían iguales.
Para encima llegar al hotel y ver que la habitación que habíamos reservado en nada se le parecía a la que nos dieron...

Una auténtica experiencia la que vivimos en esos tres días entre Chile y Bolivia, sin parar apenas un momento.
Aun así, lo volvería hacer mañana mismo...


Más fotos de la jornada:










Fotos: Julen Esnal